EL ODIO PUDO MÁS QUE LA RAZÓN
Cuando el rechazo a un hombre termina nublando el futuro de una nación
Por Diana E Gamboa
Hay momentos en la historia de un país en los que las emociones terminan pesando más que la razón. Momentos en los que las personas dejan de analizar las propuestas, los antecedentes y las consecuencias de sus decisiones para concentrarse exclusivamente en el rechazo que sienten hacia una figura política.
Y me pregunto: ¿hasta qué punto el odio hacia Donald Trump terminó convirtiéndose en una fuerza capaz de influir en la manera en que miles de estadounidenses decidieron votar?
No se trata de afirmar que Trump sea un hombre perfecto, que sus decisiones sean incuestionables o que todos deban compartir su visión política. Ningún presidente está por encima de la crítica. Pero una cosa es cuestionar a un gobernante y otra muy distinta es permitir que el rechazo personal hacia él determine nuestro voto, incluso cuando no hemos examinado cuidadosamente a quienes pretendemos llevar al poder.
¿Votamos por convicción o votamos por resentimiento?
Esta es una pregunta que considero especialmente importante para los jóvenes estadounidenses.
Una generación que tiene acceso a más información que ninguna otra debería tener también una mayor responsabilidad para investigar, comparar y cuestionar. Sin embargo, las redes sociales, los discursos emocionales y la polarización política pueden convertir el debate en una competencia de sentimientos donde quien despierta más indignación termina ganando la atención.
Y cuando el odio se convierte en el principal argumento político, la razón pierde su lugar.
Texas: un ejemplo de lo que está en juego
Texas representa una parte importante de la identidad estadounidense. Es un estado con una profunda tradición de independencia, trabajo, emprendimiento, libertad religiosa y orgullo nacional.
Pero también es un territorio donde se enfrentan dos visiones muy diferentes sobre el futuro.
Por un lado, están quienes defienden una menor intervención gubernamental, impuestos más moderados, el control de las fronteras, los derechos de los padres y la protección de la libertad religiosa.
Por otro, están quienes proponen una mayor participación del Gobierno en la economía, diferentes políticas migratorias y cambios en materia educativa, social y cultural.
Los ciudadanos tienen derecho a elegir cualquiera de esas visiones. Lo que no deberían hacer es votar sin conocer sus consecuencias.
Cuando hablamos de impuestos, debemos preguntar cuánto costarán las propuestas y quién terminará pagando la factura. Cuando hablamos de inmigración, debemos distinguir entre la defensa de una inmigración legal, ordenada y humana y la ausencia de controles fronterizos. Y cuando hablamos de educación, debemos preguntarnos hasta dónde llega la responsabilidad del Estado y dónde comienza el derecho de los padres a participar en las decisiones que afectan a sus hijos.
En materia de educación y políticas relacionadas con la identidad de género, los ciudadanos también tienen derecho a debatir qué contenidos son apropiados para cada edad, cómo se protege a los menores y cuál debe ser el papel de las familias.
Estas no son preguntas de odio. Son preguntas legítimas sobre el futuro de una sociedad.
Un apellido no garantiza principios
También considero necesario decir algo que parece haberse perdido en medio de la discusión política: un apellido latino no convierte automáticamente a un político en defensor de los valores de las familias latinas, así como profesar una religión determinada no garantiza que sus decisiones políticas representen las convicciones de sus electores.
Lo mismo sucede con cualquier político, independientemente de su origen o religión.
No debemos elegir representantes por sus nombres, sus historias personales o las etiquetas que utilizan durante una campaña. Debemos examinarlos por sus principios, sus propuestas, su transparencia y sus actuaciones.
Si un político defiende políticas contrarias a nuestras convicciones religiosas, familiares o económicas, tenemos derecho a cuestionarlo. Si propone aumentar los impuestos, debemos exigir explicaciones. Si sus decisiones afectan la educación de nuestros hijos, debemos pedir cuentas.
Pero esa exigencia debe ser igual para todos.
El peligro de votar contra alguien y no a favor de algo
Quizás uno de los mayores errores de la política contemporánea sea convertir las elecciones en una batalla personal.
Votar para castigar a un candidato puede terminar significando entregar el poder a otro sin haber evaluado realmente sus capacidades, sus propuestas o sus intenciones.
Y eso es peligroso.
Estados Unidos no pertenece a un presidente, a un partido, a una religión ni a una comunidad étnica. Pertenece a sus ciudadanos.
Los jóvenes tienen que entender que la democracia no consiste en repetir lo que dicen sus influenciadores favoritos, compartir videos que confirman sus prejuicios o votar para demostrar que detestan a determinado político.
Consiste en pensar, investigar y asumir las consecuencias de nuestras decisiones.
La libertad también exige responsabilidad
Como mujer que cree en la importancia de Dios, la familia, la libertad y los valores que han formado parte de la identidad de este país, considero que no podemos permanecer indiferentes ante el rumbo de nuestra sociedad.
Pero tampoco podemos confundir nuestras convicciones con la obligación de aceptar ciegamente a un partido o a un candidato.
La fe no debe utilizarse como instrumento electoral, y el patriotismo tampoco debería convertirse en una simple consigna de campaña.
Debemos exigir coherencia.
Si defendemos la libertad, debemos defenderla incluso cuando quien piensa diferente tiene derecho a expresarse. Si defendemos a los niños, debemos procurar su bienestar sin convertirlos en instrumentos de una guerra política. Si defendemos a Estados Unidos, debemos preocuparnos por sus instituciones, sus fronteras, su economía y sus futuras generaciones.
El verdadero patriotismo no consiste en odiar al candidato que piensa diferente. Consiste en amar lo suficiente a nuestro país como para exigirles a todos sus gobernantes que hagan lo correcto.
Una reflexión final
No sé si dentro de algunos años los jóvenes que hoy participan en la política estadounidense mirarán hacia atrás y estarán satisfechos con sus decisiones. Tampoco sé si quienes votaron movidos por el rechazo a Trump consideraron todas las consecuencias de su elección.
Pero sí sé algo: una nación no puede construir un futuro sólido cuando sus ciudadanos dejan de escucharse, de cuestionar y de pensar por sí mismos.
No importa si un político se llama Trump, si tiene un apellido latino, si es musulmán, cristiano o si no profesa ninguna religión. Lo que importa es qué propone, qué defiende, qué hace con el poder y qué consecuencias tienen sus decisiones para el país.
Porque al final, los presidentes pasan, los partidos cambian y las campañas terminan.
Pero las consecuencias de nuestros votos pueden acompañar a una nación durante generaciones.
Que nunca nos ciegue tanto el rechazo hacia una persona que terminemos dejando de ver el futuro que estamos eligiendo para nuestros hijos.
Porque cuando el odio puede más que la razón, no necesariamente gana quien tiene las mejores propuestas. A veces, simplemente pierde la capacidad de pensar de toda una sociedad.
— Diana E. Gamboa
