El sentido común es la mayor trampa de las redes sociales y la política actual.
El filósofo René Descartes decía que el sentido común es el bien mejor repartido del mundo, porque todos creen tener suficiente. En el siglo XXI, esta premisa ha dejado de ser una ironía filosófica para convertirse en un peligro democrático. En el ecosistema de las redes sociales y el debate político actual, el llamado "sentido común" ya no es una herramienta de guía cotidiana; es un sesgo cognitivo automatizado y una amenaza directa para el pensamiento crítico.
El principal problema del sentido común es que asume que la realidad es simple, lineal y autoevidente. Nos dice que lo que vemos a primera vista es la verdad absoluta. Sin embargo, los problemas estructurales de una sociedad (la economía, la geopolítica, la salud pública o la justicia) son profundamente complejos. Cuando la política se reduce a "soluciones de sentido común", se abren las puertas al populismo y a la demagogia, ofreciendo respuestas fáciles e incorrectas a problemas difíciles y multifactoriales.
Las redes sociales han potenciado esta vulnerabilidad de forma algorítmica. Plataformas como X, TikTok o Instagram no están diseñadas para la deliberación pausada, sino para la reacción visceral. En este entorno, el "sentido común" se redefine como "lo que mi burbuja digital aprueba".
Ocurre un fenómeno de validación circular:
- Cámaras de eco: El algoritmo te muestra solo lo que coincide con tus creencias.
- Falsa universalidad: Al ver que miles de personas comparten tu opinión, asumes que tu postura es el "sentido común" y que cualquiera que piense diferente carece de él.
- Cancelación del disenso: Quien cuestiona la narrativa dominante no es visto como alguien con un argumento válido, sino como un ignorante o un enemigo de lo obvio.
El sentido común digital es, en realidad, un prejuicio compartido a gran escala. Despoja a los usuarios de la curiosidad intelectual. ¿Para qué investigar datos, contrastar fuentes o leer un informe técnico si la respuesta "es de sentido común"?
En el terreno político, apelar al sentido común se ha convertido en el arma favorita de los discursos polarizadores. Al empaquetar propuestas ideológicas bajo el sello de la "obviedad", los actores políticos logran dos objetivos perversos: evadir la rendición de cuentas técnica y deslegitimar las instituciones.
Si una política pública se vende como "puro sentido común", cualquier experto, científico o analista que intente explicar sus matices técnicos o consecuencias negativas es etiquetado inmediatamente como parte de una "élite desconectada". La ciencia, los datos y el derecho internacional se subordinan a la intuición popular. La historia nos ha demostrado repetidamente que las decisiones políticas basadas puramente en la intuición colectiva del momento suelen derivar en el recorte de derechos de las minorías y en crisis económicas severas.
El sentido común es útil para cruzar la calle o para no tocar el fuego, pero es un pésimo arquitecto para las políticas públicas y un combustible altamente inflamable en las redes sociales.
Para salvar el debate público, debemos aprender a desconfiar de lo que nos parece "evidente". El futuro de la democracia no depende de recuperar un supuesto sentido común universal, sino de cultivar la incomodidad de la duda, el rigor de la verificación y la capacidad de aceptar que la realidad casi nunca es tan simple como un tuit de 280 caracteres nos quiere hacer creer.






