Te acostumbraste a no ser prioridad
Por Diana Gamboa
No ocurrió de un día para otro. Nadie se despierta una mañana y decide aceptar menos de lo que merece. Sucede poco a poco. Tan lentamente que ni siquiera te das cuenta.
Primero justificaste una llamada que nunca llegó, después entendiste un mensaje que tardó días en responderse. Más tarde comenzaste a aceptar excusas y sin darte cuenta, empezaste a conformarte con migajas emocionales mientras fingías que era amor.
Esperabas mensajes, esperabas atención, esperabas tiempo, esperabas interés, esperabas que alguien te eligiera de la misma manera en que tú lo elegías. Pero la espera se volvió tan frecuente que dejó de parecer extraña y un día descubriste que vivías esperando algo que nunca terminaba de llegar.
Hay personas que aman tanto que terminan olvidándose de sí mismas. Escuchan, comprenden, perdonan, justifican y poco a poco comienzan a ocupar el último lugar en su propia vida. Se convierten en expertos en cuidar a otros mientras se abandonan por dentro.
Te convenciste de que era normal. Normal ser la segunda opción, normal recibir atención solo cuando era conveniente, normal sentirte invisible, normal hacer esfuerzos que nunca eran correspondidos. Pero no era normal. Solo te acostumbraste.
Lo más triste no es que alguien no te haya valorado. Lo más triste es cuando tú también dejaste de valorarte. Cuando aceptaste silencios que te dolían, cuando toleraste indiferencia para no perder a alguien, cuando confundiste necesidad con amor.
Llega un momento en que algo cambia. Tal vez una decepción, tal vez una ausencia, tal vez el cansancio de dar siempre más de lo que recibes y entonces entiendes algo importante el amor no debería sentirse como una batalla constante por ser visto.
Sanar no siempre significa encontrar a otra persona. A veces significa volver a encontrarte a ti. Recordar que tu valor no depende de la atención de nadie, que tu dignidad no debería negociarse, que mereces reciprocidad, respeto y presencia.
Quizás llevas tanto tiempo acostumbrándote a no ser prioridad que olvidaste cómo se siente ser importante. Pero nunca es tarde para cambiar eso. Nunca es tarde para dejar de perseguir a quienes a penas te notan.
Nunca es tarde para elegirte porque el día que entiendes tu valor, dejas de aceptar lugares donde constantemente te hacen sentir reemplazable y descubres algo que siempre estuvo ahí: También mereces ser prioridad en la vida de alguien. Especialmente en la tuya.