¿Por qué la humanidad le ha declarado la guerra a su propia infancia?
Por Diana E. Gamboa
Hay una pregunta que debería incomodarnos profundamente:
¿Por qué, a lo largo de la historia, los adultos hemos permitido —y algunas veces hemos provocado— que los niños sufran las consecuencias de nuestros conflictos, nuestras ambiciones y nuestra incapacidad para protegerlos?
Un niño no crea una guerra.
No diseña una ideología.
No decide una frontera.
No construye una crisis económica.
No elige nacer en una familia pobre, en medio de un conflicto o en una sociedad dividida. Y, sin embargo, demasiadas veces termina pagando el precio.
Quizás por eso las palabras de Jesús sobre los niños tienen una fuerza extraordinaria. En los Evangelios, Jesús coloca a los niños en el centro de una enseñanza que contrasta radicalmente con la mentalidad de poder de su época. Cuando sus discípulos discutían sobre quién era el más importante, Jesús puso a un niño en medio de ellos y enseñó que quien recibe a un niño en su nombre lo recibe a Él. También dijo: “Dejad a los niños venir a mí”(Mateo 19:14). No los presentó como insignificantes. Los presentó como ejemplo.
La infancia debería ser uno de los lugares más protegidos de una sociedad. Pero la historia demuestra que no siempre ha sido así.
Durante siglos, millones de niños fueron utilizados como mano de obra, separados de sus familias por guerras, desplazamientos y esclavitud, privados de educación y expuestos a enfermedades y pobreza.
La historia de la humanidad contiene grandes avances, pero también contiene capítulos que nos obligan a preguntarnos:
¿En qué momento dejamos de ver al niño como un ser que debía ser protegido y comenzamos a verlo como una herramienta, un número o un instrumento para nuestros intereses?
Y esa pregunta sigue siendo actual. Porque no necesitamos repetir exactamente las atrocidades del pasado para cometer nuevos errores. A veces la amenaza contra la infancia adopta formas mucho más silenciosas.
No siempre quieren desaparecer al niño; a veces quieren desaparecer su infancia Esta es, quizás, una de las formas más preocupantes de la discusión.
Un niño necesita tiempo para jugar. Necesita aprender. Necesita equivocarse. Necesita adultos que le enseñen a distinguir entre el bien y el mal. Necesita límites. Necesita cariño. Necesita sentirse seguro. Pero vivimos en una época en la que la infancia está sometida a una presión que generaciones anteriores no conocieron en la misma dimensión.
Las redes sociales pueden convertir la popularidad en una medida de valor. La publicidad puede convertir el consumo en identidad. La cultura de la imagen puede hacer que un niño crea que necesita parecerse a alguien más para ser aceptado. Y el mundo adulto puede terminar exigiéndole comportamientos, preocupaciones y responsabilidades para las que todavía no está preparado.
¿Estamos dejando que nuestros niños sean niños?
Existe otra forma de violencia contra la infancia que pocas veces queremos reconocer: convertir a los niños en instrumentos de nuestras guerras culturales, políticas o personales.
Cuando los adultos colocamos sobre los hombros de un niño nuestras propias divisiones, dejamos de protegerlo de los conflictos y comenzamos a convertirlo en parte de ellos. Un niño no debería ser obligado a cargar con el odio de los adultos. No debería aprender primero a odiar y después a pensar. No debería ser utilizado como símbolo de una causa que todavía no comprende.
La infancia no debería ser territorio de conquista.
Debería ser territorio de protección.
Jesús hizo algo revolucionario En el contexto social de su época, los niños no ocupaban necesariamente el lugar de importancia que hoy aspiramos a darles. Y Jesús hizo algo poderoso: los puso en el centro. No dijo que los niños eran importantes porque podían producir dinero. No porque pudieran votar. No porque pudieran defender una ideología. No porque pudieran convertirse algún día en consumidores. Eran importantes simplemente porque eran niños. Y ahí existe una lección que nuestra sociedad necesita recuperar. El valor de un niño no depende de su utilidad. Su dignidad no depende de sus calificaciones. No depende de su apariencia. No depende de cuántos seguidores tenga. No depende de cuánto dinero produzca su familia. No depende de si piensa como nosotros. Un niño merece protección porque es un ser humano.
Tal vez la pregunta no sea solamente:
“¿Por qué han odiado a los niños?”
Quizás deberíamos preguntarnos:
¿Qué clase de sociedad permite que sus propios niños sean sacrificados por los errores de los adultos?
Cuando un país entra en guerra, los niños sufren. Cuando una familia se destruye, los niños sufren. Cuando existe pobreza extrema, los niños sufren. Cuando los adultos normalizan la violencia, los niños aprenden violencia. Cuando una sociedad convierte la apariencia en obsesión, los niños aprenden a compararse. Cuando abandonamos los valores, los niños reciben el vacío que dejamos. Y cuando dejamos de escuchar sus voces, alguien más termina hablándoles.
Proteger a los niños no significa encerrarlos del mundo Significa prepararlos para enfrentarlo. Enseñarles pensamiento crítico. Enseñarles responsabilidad. Enseñarles empatía. Enseñarles que pueden decir “no” cuando algo está mal. Enseñarles que la dignidad no se negocia. Enseñarles que no necesitan destruir a otra persona para sentirse importantes. Enseñarles que la libertad también implica responsabilidad. Y enseñarles algo que parece sencillo, pero que puede cambiar una vida:
“Tu valor no depende de lo que el mundo diga de ti.”
El futuro no pertenece a los adultos Nosotros solamente lo estamos administrando.
Cada niño que hoy ignoramos será mañana un adulto marcado por aquello que recibió —o aquello que le faltó— durante su infancia.
Por eso proteger a un niño no es simplemente un acto de bondad. Es una responsabilidad histórica. Podemos discutir sobre política. Podemos discutir sobre religión. Podemos discutir sobre ideologías. Podemos estar profundamente en desacuerdo. Pero debería existir un punto donde todos podamos encontrarnos: Los niños no son nuestros enemigos. Son nuestra responsabilidad. Y quizá esa sea precisamente la razón por la que las palabras de Jesús siguen resonando después de tantos siglos: “Dejad a los niños venir a mí.” No alejarlos. No utilizarlos. No convertirlos en armas de nuestras batallas. Dejarlos ser niños. Porque cuando una sociedad deja de proteger a sus niños, no solamente pone en peligro su futuro. Empieza a perder su propia alma.
✍️ Por Diana E. Gamboa
Escritora y autora de obras como 101 reflexiones para compartir y nunca olvidar, El niño que oró por un milagro y lo hizo realidad, Bajo la piel de los filtros, El código Lobo: Manifiesto, Like My Dad y Let Me Be a Child.
Autoestima por el Piso
“Si queremos cambiar el mundo, quizá deberíamos comenzar por proteger a quienes todavía tienen toda la vida por delante.”
